Hace más de ciento cincuenta años, una mujer le hizo a Gustavo Adolfo Bécquer la pregunta que da título a esta entrada. Él, que se ganaba la vida escribiendo, se quedó sin palabras. Lo contó después en sus Cartas literarias a una mujer: empezó a responder «la poesía es… es…» y no encontró cómo terminar la frase.
Al final la terminó, pero en verso, en una de sus rimas más famosas:
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Me gusta empezar por Bécquer. Dejemos pasar esa pupila azul, y concedámosle el beneficio de la licencia poética. Pero él no define la poesía, ni la explica; ventajeramente, la convierte en una metáfora: la poesía eres tú.
Ya Borges habló de la imposibilidad de definir la poesía, citando a Agustín de Hipona, quien también fue incapaz de decir qué es el tiempo: «Si nadie me lo pregunta —dijo—, lo sé; pero si tengo que explicarlo, no lo sé».
Así es la poesía: imposible de atrapar o definir.
Lo que pasa en la calle
Antonio Machado inventó a un profesor, Juan de Mairena, para decir en boca de otro lo que pensaba del oficio. En una de sus clases, Mairena le pide a un alumno que escriba en la pizarra «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa», y después le pide que lo pase a lenguaje poético. El alumno piensa un rato y escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena le dice que no está mal.
Esa escena me parece la mejor lección de poesía que conozco. La poesía no está hecha de palabras rebuscadas sino de la simpleza de nombrar las cosas con las palabras más llanas y precisas.
El duende y el cálculo
Hay dos respuestas que parecen opuestas, y a mí me sirven las dos.
En 1846, Edgar Allan Poe publicó un ensayo explicando cómo había escrito «El cuervo». Según él, nada fue casual: eligió el largo del poema, el tono melancólico y hasta la palabra que se repite al final de cada estrofa antes de escribir el primer verso. La poesía como un mecanismo de relojería.
Casi noventa años después, Federico García Lorca dio en Buenos Aires y en Montevideo una conferencia sobre el duende, esa fuerza que según él no viene de afuera como la inspiración, sino desde adentro. Dijo que al duende hay que despertarlo «en las últimas habitaciones de la sangre».
¿Quién tiene razón? Yo creo que los dos, y que se necesitan. El duende trae el poema; el cálculo lo pule y lo termina. Aunque a veces es el duende quien le da el último retoque, como en el caso de «El cuervo», que, según Poe, al principio era un ¡loro! Pese a que el poeta atribuye la genial idea a un cálculo razonado, es demasiado tentador pensar que fue el duende, su duende, quien convirtió el loro en cuervo, y solo así fue poesía.
Muchos de mis poemas nacieron de arrebatos duendescos, en un camión o en una pensión de paso, y después pasaba meses cortándolos y recortándolos, moviendo un verso aquí y otro allá, quitando un adjetivo, buscando y rebuscando palabras que congeniaran entre sí. En fin, todo un trabajo razonado y calculado. Eso sí, el duende es casi siempre el primero en hablar. Así que sin duende no hay poema, y sin cálculo, tampoco.
Escribir porque no queda otra
Rainer Maria Rilke recibió una vez la carta de un joven que le mandaba sus versos y le preguntaba si eran buenos. Rilke no le contestó sobre los versos. Le dijo algo más incómodo: que dejara de preguntarle a otros, que se preguntara a sí mismo si podría vivir sin escribir. Y que si la respuesta era no, construyera su vida alrededor de esa necesidad.
A mis catorce años escribí el primer poema del que tengo apenas memoria. En aquel tiempo tenía un amigo que también escribía. En contra del consejo de Rilke, leíamos cada uno los versos del otro y nos hacíamos crítica, cada uno según su entendimiento de lo que era la poesía. Así, a trompicones, íbamos ensayando el oficio, sin saber adónde nos llevaría aquella corriente impetuosa.
Ahora veo que aquel intercambio fue muy beneficioso. Con los años ya no encontraría otro lector amable que evaluara aquellos mis nobles intentos de hacer poesía. El ajetreo de la vida y los viajes, además, me imponía otras urgencias. La poesía se volvió esporádica, aunque en ningún momento colgué la pluma. Seguí escribiendo arrastrado por aquella rara pulsión interior que mis emociones y vivencias seguían fogoneando.
Sin embargo, la duda me rondaba siempre: para qué escribo, y qué es la poesía al fin. No tengo, hasta ahora, más que una vaga sombra de idea. Lo que sí sabía y sé es que no puedo dejar de escribir.
Entonces, ¿qué es?
Después de todos estos años, y de casi cuarenta países recorridos, mi respuesta es más modesta que la de los maestros. La poesía puede ser tan simple como lo que yo mismo escribí en «Arcana poesía», de Libro Libre:
dos palabras
que se dan la mano
se abrazan
sin hacerme ningún caso
Dos palabras que viajan juntas por vez primera, inaugurando lo insólito.
La poesía también es una forma de mirar. Detenerse frente a lo cotidiano —una ventana, una estación de micros, la cara de alguien en un mercado— y nombrarlo de una nueva forma.
Borges decía que no hay que confundir los libros de poesía con la poesía, que la poesía suele estar en medio de la vida. Estoy de acuerdo. Los poemas son apenas nuestros humildes intentos por capturar los fugaces instantes en que asoma.
Creo que nunca nadie llegará a definir del todo la poesía, tan esquiva y anárquica. Solo nos queda asombrarnos con la vida y detenernos a intentar escribirla o nombrarla de nuevo. Por ahí empieza la poesía…
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