Cómo empezar a escribir poesía: ejercicios para aprender a mirar

Muchas veces me preguntan por dónde empezar a escribir poesía. La respuesta que más me convence no tiene nada que ver con las palabras: hay que empezar por los ojos.

Casi todos los primeros poemas se parecen. Hablan de la tristeza, de la soledad, de la nostalgia, del amor. Nombran lo que el autor siente y esperan que el lector lo sienta también. Pero el lector asiente y sigue de largo. Un poema que funciona hace lo contrario: no dice «estoy triste», muestra una tarde de lluvia, una ventana, una silla vacía, y deja que la tristeza aparezca sola.

En la entrada anterior hablaba de Juan de Mairena y su «lo que pasa en la calle». Esta vez quiero ir un paso más atrás: antes de nombrar lo que pasa en la calle, hay que aprender a verlo.

La regla de la fotografía

Hay una regla simple que sirve para empezar: si se puede fotografiar, sirve; si no, sospechá. Una mesa, una mano, un perro dormido al sol se pueden fotografiar. La melancolía, no.

Antonio Machado lo hace de maravilla en «Recuerdo infantil», de Soledades:

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Machado nunca dice que aquella infancia fue aburrida. Pone delante la lluvia, el frío, los chicos estudiando, y el aburrimiento está en todo eso sin que haga falta nombrarlo.

La regla, claro, tiene trampa: la poesía también vive de lo que no se ve. Pero para empezar, entrenar los ojos para percibir imágenes es el mejor ejercicio que conozco.

Cinco ejercicios para aprender a mirar

1. El inventario

Sentate en un lugar cualquiera, tu cocina, una plaza, la sala de espera del dentista, y antes de escribir una sola línea anotá cinco cosas que ves, tres sonidos, un olor y algo que puedas tocar. No hace falta que sean importantes. Muchas veces el poema está escondido en el detalle más tonto de la lista.

2. El detalle raro

No escribas «una mesa». Buscá lo que solo tiene esa mesa: la mancha de café con forma de isla, la pata que cojea, la quemadura de cigarrillo de alguien que ya no está. Un solo detalle preciso vale más que tres adjetivos generales.

3. Las palabras prohibidas

Escribí un poema corto sin usar estas palabras: amor, tristeza, alegría, soledad, nostalgia, alma, vida, corazón. Si sentís algo, buscá el objeto que lo lleva.

Alfonsina Storni, en «Cuadrados y ángulos», no dice que la ciudad la asfixia. Habla de casas en fila, de gente con «el alma cuadrada», y termina así:

Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.

Una lágrima cuadrada: imposible de fotografiar, y sin embargo la vemos. Ahí la regla de la fotografía se rompe de la mejor manera, porque la imagen nace de algo que sí se puede ver, las casas enfiladas, y lo lleva hasta lo imposible.

4. Un lugar que ya no existe

Elegí un lugar de tu pasado al que no podés volver: una casa, un barrio, una pensión. Escribilo en presente, como si estuvieras ahí, con al menos cinco detalles concretos. La emoción no se nombra.

En «Vuelta al Sur», de Poemas errantes, lo intenté con la Ciudad Vieja de Montevideo:

El balcón ya no está
ni la casa, ni el barrio
nada queda allí

5. Tachá el primer verso

Cuando termines un poema, tachá el primer verso y leelo de nuevo. Muchas veces el primer verso es solo el calentamiento, la mano que se suelta antes de escribir. El poema de verdad suele empezar en el segundo.

Mirar es un oficio

Ninguno de estos ejercicios convierte a nadie en poeta de un día para otro. Lo que hacen es entrenar una forma de estar en el mundo: con los ojos un poco más abiertos, prestando atención a lo que todos ven sin mirar.

Yo aprendí a mirar caminando. En cuarenta países, lo que más me quedó no fueron los monumentos, sino los detalles: un camión con los sueños trepados encima, un cielo de cal y puna, el balcón donde escribía de joven. Los poemas vinieron después.

La semana que viene sigo con el paso siguiente: una vez que aprendiste a mirar, cómo encontrar la palabra exacta y por qué casi siempre sobran los adjetivos.


Si querés leer lo que escribí en el camino, mis libros Poemas errantes y Libro Libre están acá. Y pronto abro el Taller errante, un taller de poesía en línea para escribir a tu ritmo, donde estos ejercicios tienen su propia semana. Escribime a contacto@poetaerrante.com y te aviso cuando empiece.

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